Por Redacción
01 Jan
01Jan

Recuperar el territorio


Históricamente, el cuerpo de las mujeres ha sido un espacio público. Opinable. Regulable. Juzgado. Desde muy temprano aprendemos que no nos pertenece del todo: alguien siempre tiene algo que decir sobre su forma, su tamaño, su edad, su deseo, su resistencia. En ese contexto, pensar el cuerpo como hogar no es solo una metáfora amable; es una toma de posición política.Porque un hogar es un territorio propio. Y recuperar el cuerpo como espacio íntimo, soberano y legítimo es una forma de resistencia cotidiana.

El mandato de corregirse



Nos enseñaron a mirar el cuerpo como un problema a resolver. Demasiado grande, demasiado pequeño, demasiado visible, demasiado cansado, demasiado viejo. La industria, la publicidad y los discursos de “autoexigencia” se encargaron de convencernos de que siempre falta algo. Que el cuerpo debe optimizarse, disciplinarse, controlarse.Pero un hogar no se castiga por existir. Un hogar se cuida. Se sostiene. Se repara cuando hace falta. Habitar el cuerpo desde el feminismo implica romper con la lógica del castigo y reemplazarla por una ética del cuidado.

Escuchar en lugar de exigir

El cuerpo habla constantemente, aunque nos hayan entrenado para ignorarlo. Habla cuando duele, cuando se agota, cuando se tensa, cuando pide pausa. En una cultura que celebra la productividad sin descanso, escuchar al cuerpo es un gesto profundamente feminista.Descansar no es rendirse. Comer no es perder control. Decir “no puedo más” no es debilidad. Es reconocer que el cuerpo no es una máquina al servicio del sistema, sino un hogar vivo, sensible y finito.

No hay cuerpo incorrecto

El feminismo nos recuerda algo esencial: no existe un cuerpo equivocado. Existen violencias que nos hicieron creer que lo era. No hay una forma “correcta” de habitar el cuerpo, ni una talla, ni una edad, ni una capacidad que determine su valor.Sentirse cómoda, ocupar espacio, moverse sin pedir disculpas, vestirse para el propio placer y no para la aprobación externa son actos que desafían normas profundamente arraigadas. Hacer del cuerpo un hogar es negarse a vivir en guerra con él.

Volver después del exilio

Muchas mujeres regresan a su cuerpo después de años de desconexión. Después de la vergüenza, del abuso, de la exigencia constante, de la maternidad impuesta o del deseo silenciado. Volver no siempre es fácil. A veces es torpe. A veces duele.Pero volver es posible. Y necesario. Porque nadie debería sentirse extranjera en su propio cuerpo.

Autocuidado no es consumo

El mercado intentó apropiarse del autocuidado, transformándolo en una estética aspiracional. Pero el autocuidado feminista no se compra: se practica. Es poner límites. Es elegir descanso. Es pedir ayuda. Es dejar de exigirse lo imposible.Cuidar el cuerpo como hogar no es hacerlo perfecto; es hacerlo habitable.

Habitar con dignidad

El cuerpo es el primer espacio donde ejercemos autonomía. Defenderlo, escucharlo y respetarlo es una forma de decir: aquí mando yo. En un mundo que insiste en decirnos cómo deberíamos ser, habitar el cuerpo con dignidad es un acto radical.Porque cuando el cuerpo deja de ser un campo de batalla y se convierte en hogar, algo se ordena por dentro. Y desde ahí, desde ese lugar propio, es más fácil resistir, crear y vivir con verdad.