En una sociedad donde la cultura de la dieta y la perfección corporal parece dominar cada anuncio, cada publicación en redes sociales y cada conversación casual, la relación con la comida puede volverse complicada. Sin embargo, existe un enfoque que nos invita a mirar nuestra alimentación desde un lugar mucho más amable: comer para nutrir, no para castigar.

¿Cuántas veces te has sentido culpable después de comer algo que “no debías”? Este sentimiento es más común de lo que creemos, pero también es dañino. Cuando usamos la comida como un premio o un castigo, dejamos de escuchar las señales naturales de nuestro cuerpo y nos desconectamos de lo que realmente necesitamos: energía, vitalidad y bienestar.La comida no es enemiga. Es combustible, es placer y, sobre todo, es cuidado hacia nosotras mismas. Alimentarnos pensando únicamente en restringirnos o compensar calorías refuerza la culpa y el estrés, afectando tanto nuestro cuerpo como nuestra mente.

Al cambiar el enfoque de “lo que no debo comer” a “lo que necesito para sentirme bien”, comenzamos a honrar nuestro cuerpo. Comer para nutrir significa elegir alimentos que nos aporten energía, nos hagan sentir saciadas y, al mismo tiempo, nos brinden placer. No se trata de eliminar ciertos grupos de alimentos ni de seguir reglas estrictas, sino de escuchar a nuestro cuerpo y darle lo que realmente necesita.
Comer para nutrir no solo mejora nuestra salud física, también fortalece la autoestima y la relación con nosotras mismas. Cuando dejamos de castigarnos, reducimos la ansiedad, mejoramos nuestra digestión y aprendemos a valorar el bienestar integral por encima de estándares externos de belleza.

Recordatorio: La alimentación saludable no se mide solo en calorías ni en restricciones, sino en cómo nos hace sentir. Comer para nutrir es un acto de amor propio, de cuidado y de respeto hacia nuestro cuerpo, que merece ser escuchado y comprendido, no castigado.